29 de octubre de 2007

Atrapado en el tiempo

Higinio Flores fue siempre un chico muy obediente: de ahí que en el colegio fuera objeto de las mofas y burlas de sus compañeros al ser el predilecto de la seño. Tampoco era un dechado de inteligencia, pero suplía sus graves carencias intelectuales con un tesón y una tenacidad encomiables. Sólo así pudo superar los estudios primarios, el bachillerato y acceder a una ingeniería que aprobó a los trece años de matricularse.
Era un hombre que se había hecho a sí mismo y decidió entonces independizarse. Lo hizo el último fin de semana de octubre, para aprovechar el puente de todos los santos y no tener que pedir permiso en el trabajo para la mudanza.
Esa noche anunciaron el cambio de hora en el telediario que veía por primera vez a través de una pantalla de plasma que le regaló su hermana. "A las tres pondremos el reloj a las dos" decía muy simpática una muchacha en la tele. Así que se puso a esperar, obediente como era, a que el reloj de la casa diera las tres. Como se estaba durmiendo, comenzó a leer El código da Vinci que le había prestado una compañera del trabajo, pero como lo que quería era vencer el sopor, tuvo que dejarlo a las tres páginas. Por fin sonaron las tres y se dedicó durante unos minutos a retrasar todos los relojes de la casa, que eran varios, pues a Higinio sólo se le conocían dos aficiones: los relojes y los juegos de rol. Finalmente logró su objetivo, pero contempló horrorizado que ya eran las dos y cincuenta y siete y que a las tres debía poner los relojes a las dos, de modo que continuó realizando la operación con todos los que tenía en casa, operación que le llevaba casi una hora y que volvía a repetir de nuevo. Así estuvo toda la noche.

Lo encontraron tirado en el suelo, totalmente desquiciado, a los cinco días.

Cuando le preguntaron qué le había pasado, él sólo acertó a contestar:
- Cu cu, cu cu.

¡Aún eran las dos!

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