17 de julio de 2007

Mayra

Fernando Ridruejo era un hombre de lo más peculiar. Tenía su piso, su hipoteca y su coche en el garaje como todos. Dos hermosos hijos que ya iban solos al colegio. Una bellísima esposa que trabajaba en una guardería y una familia que nunca se olvidaba de llamarle por su cumpleaños. Además, sus padres, aunque ya algo mayores, no le daban demasiado la lata. Podría decirse que la vida de Fernando era perfecta.

Pero Fernando ocultaba un gran secreto.

Fernando tenía un pánico horrible a la televisión. Creía que al igual que tú podías verlos, ellos podían verte a ti. La culpa la tenía Mayra Gómez-Kemp, que en una edición del Un-dos-tres se le dirigió personalmente. Obviamente nadie reparó en ello, pero Fernando sabía que se refería a él. Todo ocurrió así: Los concursantes optaban a conseguir el apartamento en Torrevieja o un Seat Málaga. Fernando participaba como sufridor en casa. A tal efecto había comprado un paquete de salchichas y había enviado cuidadosamente el código de barras, evitando pringar toda la carta. De repente, la imagen se congeló y Mayra lo miró y le dijo: "Fernando, espera mi señal".

Desde entonces Fernando no podía ver la televisión. Lo disimulaba diciendo que alienaba a la gente y que prefería leer. Pero tenía miedo a que Mayra le diera la señal. Cierta vez su mujer le puso el vídeo de la boda y Fernando , aterrado, esperaba ver de un momento a otro, a la Ruperta asesina o a la Botilde violadora. Poco a poco, con el paso de los años, se fue confiando y comenzó a ver algunos informativos, documentales y alguna película clásica.

Hasta que, hace unos meses, en un especial sobre el cincuenta aniversario de tv, repusieron unas imágenes del un-dos-tres y volvió a salir Mayra. Lo pilló por sorpresa y no pudo reaccionar. La imagen volvió a congelarse y Mayra se dirigió de nuevo a él, con estas palabras: "Fernando, ejecuta la orden 57".

Fernando creyó que se le helaba la sangre, que el mundo se le venía encima, que la vida, tal y como la conocía hasta entonces, había terminado. ¡La orden 57!. ¡No, no podía ser!. ¿por qué ahora, si la vida le sonreía!. Fernando se estiraba los pelos, y refunfuñaba. Estaba muy, muy nervioso. Las consignas eran claras, la orden 57, pero, ¡ahora!. Por un momento pensó que iba a perder la cabeza...

Había perdido el manual de instrucciones y no recordaba cuál era esa orden.

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