1 de junio de 2007

La muerte va en serio

Lo malo de morirse es que eso va en serio. Me refiero a que es de verdad. No es como cuando tu tío Manolo te dice que va a dejar de fumar y que éste es su último pitillo. Ni como cuando Lopera anuncia que deja er beti. Ni como cuando el presidente del gobierno dice que no negociará con ETA. No, morirse es algo serio. No conozco a nadie que se haya muerto de broma. Y lo digo con conocimiento de causa, pues resulta que soy funerario.
Morirse es de verdad: lo juro. Bueno, eso pensaba hasta esta mañana. Iba camino de la oficina cuando he entrado en un bar a tomarme el cafetito de la mañana y a mi lado se ha sentado un tipo de aspecto bastante desaliñado. Como no dejaba de mirarme y soy un poco neurótico, he empezado a plantearme cualquier tipo de hipótesis, a cual más descabellada, así que he decidido marcharme sin pagar, para llamar la atención de todos por si me hacía daño.
El hombre me ha seguido y ha decidido abordarme en una cabina que hay en la plaza . Resulta que lo conocía. Era un funcionario de correos que murió el año pasado y que me reclamaba que por qué no estaba enterrado en un panteón que tenía que haberse construido a tal efecto. Yo, perplejo, miraba a mi alrededor, pero nadie parecía reparar en el cadáver y sí en que llevaba la bragueta bajada, con lo que todos se reían de mí. Disimulando, me he subido la cremallera y le he pedido que se tranquilizara. Me ha contado que había acordado con su familia que iba a ser enterrado en un panteón que iban a construir y para el cual él había dispuesto una fuerte suma de dinero. Caí en la cuenta que su cuñado y su mujer parecían tener algún lío mientras preparábamos el entierro y le sugerí la posibilidad de que se hubieran quedado con el dinero para construirse un chalet, pues la empresa que los construye es la misma y con el boom inmobiliario están pegando unos buenos pelotazos. El finado se paró un poco y me pidió un cigarro. Le advertí que ahora estaba prohibido fumar en casi todos los lados y me dijo que se iba a vengar, mientras se marchaba dando alaridos infernales. Lo que no sé es si de su cuñado o de la ministra de sanidad.

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