27 de junio de 2007

La antena del móvil

Hará cosa de un mes, el presidente de la comunidad de vecinos nos convocó a una reunión. Como soy un tipo bastante huraño y desagradable y suelo tener problemas con el resto de vecinos, decidí no ir. Per como además soy bastante despistado, olvidé lo de la junta y salí en alpargatas a tirar la basura. Al verme la comunidad pude ver gestos de desagrado entre ellos, y como, por último, soy lo que se dice, un hombre bastante molesto, preferí quedarme y oponerme a todo lo que se propusiera.

A la reunión había venido, además del administrador de fincas -un señor bajito, con bigote y que sudaba sin parar y hacía aspavientos con los brazos mientras gritaba y movía los folios una y otra vez- un delegado de una compañía telefónica. El objeto de su visita no era otro que anunciar a los propietarios que su empresa quería instalar una antena de teléfonía móvil en la azotea. Al vivir yo en la planta baja y la familia de los Peláez en el último piso, me pareció una gran idea, por ver si de verdad eran inocuas las microondas de los móviles o si son capaces de cocer un huevo. Las contrapartidas económicas eran espléndidas, pero a mí, lo que de verdad me ilusionaba era comprobar cómo afectaría eso al desarrollo del impresionante cráneo del hijo de los Peláez, que llevaba camino de convertirse en el niño más cabezón del mundo. Uno a uno, con cara de codicia, los vecinos fueron aprobando la idea. Al llegar a mí, que era el último, y ser necesaria la unanimidad de todos, tuve la tentación de votar en contra, pero lo acepté, ante el asombro de los presentes.

Durante las siguientes semanas estuve observando, cual frenólogo, la evolución de mi cobaya. Pero la dificultad de poder emplear avanzadas técnicas de medición del cráneo de la criautura dio al traste con mi experimento y lamenté haber aprobado en junta dicha propuesta.
Así que poco a poco perdí el interés por la antena, hasta que un buen día, mientras tendía algo de ropa en el patio de mi casa, oí un ruido detrás de mí, como si hubiera caído algo. Pensé que era el niño de los Peláez que había vuelto a lanzar algo por la ventana, pero no. Se trataba de un mensaje de texto que, exhausto, no había podido alcanzar la antena de móvil y había caído en mi terraza. Lo leí con fruición y descubrí que el marido de los Peláez tiene un lío con el administrador bajito, bigotudo y sudoroso. Desde entonces, no hay mañana en que no caigan a mi casa cinco o seis mensajes de móvil de mis vecinos. Me he enterado de un montón de líos: los del segundo no se hablan con la suegra porque quieren encerrar al abuelo en el asilo; la niña del quinto se ha marchado de casa con su novio y un probable embarazo; al del ático lo van a deshauciar porque lleva tres años sin pagar el alquiler y el del sexto tiene soriasis.


Para mí, que esto es cosa de la antena.

Se ve que no funciona bien.

2 comentarios:

Alberto Socías dijo...

No he podido evitar hacer un comentario sobre el texto de hoy "La antena del móvil". Como ya te he dicho en varias ocasiones, visito El Carrer Major siempre que puedo. En Gilet, un pueblo que todavía parece un pueblo, con la llegada del buen tiempo sufre un cambio sobretodo por las noches. Los vecinos y vecinas sacan sus sillas a la calle y empiezan interminables discusiones y cotilleos. Ningún vecino se libra de ser criticado, para bien o para mal. He de reconocer que me gusta porque el pueblo coge mucha vida aunque durante el verano toda la calle sabe cuándo vuelves a casa de cena, con quién, dónde, etc.
La mayoría no ha utilizado un móvil en su vida pero manejan mucha información.
Hay mucho niño cabezón jugando en la plaza del pueblo.

Anónimo dijo...

Lo mejor del verano es salir a la fresca a pelar al que hoy no ha bajado.
¡Qué gran deporte nacional!
¡Que levante la mano quien no lo haya practicado nunca!